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Madre y torpe ¿qué puede salir mal?

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    ¡Hola, torpes!

    El otro día prometí contaros el resto de nuestra aventura en la unidad de neonatología del hospital con nuestro primogénito. Ahora que habíamos tocado fondo empezábamos a remontar poco a poco.
    Se descartaron muchos de los posibles diagnósticos iniciales como el de meningitis o derrame cerebral. La medicación estaba funcionando. Ni una sola convulsión desde el inicio del tratamiento. Entonces solo nos quedaba ponerle nombre a lo que le pasaba al peque, y para eso había que continuar con las pruebas.

    En la unidad no todo era preocupación, tristeza y caras largas. Enfermeras cantándole a los pequeños, la radio puesta para animarnos los días y mucha gente preocupándose por cómo estábamos.

    Además los días de visitas se animaba el cotarro. Las normas claras: de dos en dos y no tocar  a los niños para no despertarlos e incomodarlos. Imaginaos a la pobre abuela sin poder achuchar  a ese hermoso y rollizo bebé... El niño comía como un campeón, yo tenía mucha leche, y se pasaba casi todo el día durmiendo. Mi padre estaba obsesionado con verle con los ojos abiertos y, cuando las enfermeras no miraban, le daba pataditas a la cuna para intentar despertarlo. Fue muy duro para ellos también, aunque se mostraban fuertes para apoyarnos y acompañarnos en eses duros momentos.

    Creo que no fui consciente hasta que nos pasó esto de la cantidad de amigos y familiares que vivirían preocupados por la evolución de nuestro bebé. Venían a hacerme compañía, a ver al peque, me escribían o llamaban siempre que podían y lo sufrían con nosotros. ¡Que afortunada soy de tenerlos en mi vida!

    Así pasaba el día y llegaba papá a la carrera después del trabajo, deseando disfrutar de los cinco o diez minutos que le quedaban para ver al niño antes del fin de la hora de acompañamientos. Y después a casa. Esa era la peor parte. Y casa lloraba todo lo que no permitía mientras estaba al pie de su cuna.

    Y un día bautizamos al problema: INFARTO CEREBRAL.

    Así, con todas esas letras. Tan concreto y tan general a la vez. El pediatra nos hablo de las posibles consecuencias que iban desde todas a ninguna. Desde dificultades importantes de la motricidad y el habla a nada de nada. Vigiliar (lo que para una madre se traduce en obsesión) y revisiones.

    Y, ¿sabéis qué? No puedo decir que nada de nada, porque seguimos con la medicación y las revisiones periódicas, pero cero secuelas. Tengo un niño sano que corre y salta. Juega, se divierte, es cariñoso y muy inteligente. Solo tiene una disfemia del habla que, según la neuróloga, no es ni achacable a la lesión.

    Lo que si tiene es una puñetera sombra negra en su resonancia. Pero tuvo la deferencia de colocarse de forma que no le hizo tanto daño como podría haberle hecho. Tan superficial, entre dos lóbulos del cerebro que no consiguió dejar huella tangible en mi campeón.

    Así que alta y a nuestra casa. ¡Por fin!

    La historia no terminó aquí. Le siguieron unos años de: el mío hace así ¿es normal? ¿El tuyo coloca los pies así al andar? ¿Es normal que aún no hable? Siempre comparando su evolución para ver si era normal y como la de los demás niños o por fin se manifestaba alguna secuela del infarto.

    Pero el niño caminó. Y después corrió. Y habló. Y suma, resta, multiplica y divide. Y yo no lo puedo querer más. Incluso os diré que no lo puedo querer más que a la niña, pero es un amor distinto. El amor de una madre hacia el hijo del que, por unas horas, pensó que podría morir y del que siempre ha tenido que estar pendiente.

    Y él es un niño sano, pero sobre todo feliz. Y eso me hace inmensamente feliz a mí.

    Un beso, mis torpes.
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    ¡Hola Torpes!

    Aunque sabéis que este blog va que cosas de la risa, de vez en cuando me gustaría compartir con vosotros contenido un poco más serio. O como en este caso, abriros un poquito más mi corazón y mostraros un poco más de mí.

    Os voy a hablar sobre un evento muy importante en mi vida: el nacimiento de mi primer hijo. Pero lo que quiero contaros es como lo viví, teniendo en cuenta que los hechos no se desarrollaron como yo me esperaba o como los había vivenciado anteriormente en mi entorno.

    Mi parto fue inducido, por fisura en la bolsa. Fue un parto muy llevadero, rápido y con un expulsivo fugaz. Durante todo el proceso yo ya me había hecho a la idea de que, nada más nacer, me separarían de mi pequeño para llevarlo a la unidad de neonatología y observarlo (recordad que tenía una fisura en la bolsa). Pero nada te prepara realmente para el momento en que, después de hacer el mayor esfuerzo físico y mental de tu vida y de verle la carita por primera vez a tu tan deseado primogénito, Él se irá en una cuna por el pasillo de la izquierda y tú por el de la derecha. Te quedas destrozada, contando las horas para poder bajar a verlo.

    Pensé que no se me cogería al pecho, pensé que podrían ver algo que lo mantuviera más tiempo en observación. Yo qué sé todo lo que se me pasó por la cabeza.

    Pero por fin compartimos habitación a las 24 horas del parto. Y ya me daba igual tener la habitación abarrotada de gente, que no consiguiera ponerlo al pecho y tuviera que pedir un biberón o incluso el dolor físico y el agotamiento. Ya todo era como debía ser.

    Conseguí que se agarrara al pecho a pesar de que la subida de la leche se estaba haciendo de rogar y cuando pensamos que nos darían ya el alta... booom! Tensión de mami por las nubes y día extra de ingreso (al final lo agradecería). Mando a mi marido a descansar a casa porque yo me encontraba como una rosa y segura en  mi nueva condición (maaaal).

    Os diré el porqué de agradecer día extra de ingreso y de la mala decisión la de mandar a papi a casa.

    Ya sola en la  habitación con mi pequeño, vi algo extraño y no era la primera que lo hacía. Mi madre había observado que movía de forma espasmódica el brazo derecho en un par de ocasiones. Se lo comunicamos a la enfermera que a su vez avisa al pediatra. Evidentemente, como era un gesto ocasional, no pudieron presenciarlo y nos dijeron a qué podría deberse y que avisáramos si se repetía. Y esa noche se repitió, y de qué forma... Me asusté pero recodando que el médico no fuera capaz de presenciar estos episodios, lo grabé con mi móvil.

    Al pasar la enfermera de nido le enseñé las imágenes. Sólo os diré que en cinco minutos me vi sin móvil, sin niño y totalmente sola y confusa. Llamé a mi marido, que creo que batió el récord de tiempo en el recorrido entre nuestra casa y el hospital, y comenzó el drama.

    Lo primero fue sentarnos en un despacho junto a la UCI pediátrica y enumerarnos las posibles causas de las convulsiones. Las palabras "hemorragia cerebral" y "meningitis" (entre otras) comenzaron a retumbar en mi cabeza. Pero si hace una hora y media le estaba dando el pecho en la habitación los dos tan pichis...

    Lo siguiente fue pasar a verlo. En una incubadora lleno de cables. Que sepáis que he borrado esa imagen de mi cabeza, con tippex claro, es decir, no está pero hay algo que te recuerda que lo viviste en su momento.

    Me mandaron a descansar. ¿Qué mas me podía pasar ya?
    Nunca preguntéis eso. Si ya la situación era dramática, en el mismo momento en que volvía a cama, me subió la leche. A lo bestia, cual erupción volcánica. Imaginaos a una mujer destrozada, llorando a moco tendido, ordeñándose en el sacaleches del hospital. Y la incertidumbre... eso era lo peor.

    Entonces empieza una nueva etapa. Pruebas médicas, descarta esto, eso otro también, la medicación funciona... El niño pasa a intermedios (fuera de la urna por fin) y ya podemos seguir con lo de la teta y tocarlo y todo eso tan normal con un recién nacido.

    Allí vimos pequeños valientes que cabían en la palma de la mano de sus padres o conectados continuamente a una máquina que los ayudaba a respirar. Piececitos y manitas minúsculas con ganas de vivir mayúsculas. Y padres al pie del cañón día tras día.
    Las conversaciones en el sacaleches eran de otro mundo. Conversaciones que nunca se deberían de tener entre padres. Conversaciones sobre trasplantes, sobre quimios, sobre meses y meses de ingreso... Allí comprendí lo que significa relativizar tus problemas. Aunque sea duro decirlo, mi hijo, en cierto modo, era afortunado. Nosotros éramos afortunados porque sabíamos que, tuviera lo que tuviera, viviría.

    Pasamos a la unidad de neonatología y continúan las pruebas. Os contaré como anécdota que un día entraba por la puerta de la unidad a las ocho de la mañana (mi jornada allí era de ocho a ocho, recostándome en una sala de espera cuando no era hora de visita y sin poder asear mi episiotomía en condiciones) y oí a un bebé llorar, uno de los cuarenta que había allí, y supe que era el mío al instante. En ese momento entendí lo que es ser madre y de qué va lo del instinto maternal. Efectivamente era el mío con tres enfermeros encima intentando sacarle sangre.

    En el próximo POST SERIO os seguiré contando la experiencia porque a partir de aquí todo se vuelve un poco más de color de rosa.

    Gracias por leerme, hoy más que nunca.

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    Sobre mí

    Madre y torpe

    Soy madre de dos retoños. Un niño cariñoso con mucho carácter y una pequeña tormenta que pone mi vida patas arriba. Cocino igual que plancho: sin ganas y mal. Soy cinéfila y seriéfila y procrastinadora profesional.

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